Pasaportes digitales para productos y servicios que garanticen al consumidor una compra ética. ¿También a los consumidores pobres?

movil provenance

Uno de los retos más importantes que enfrentamos a la hora de desarrollar una estrategia de Responsabilidad es la de visualizar la trazabilidad de nuestros productos o servicios a unos  clientes y consumidores finales cada vez más exigentes con la transparencia de nuestra gestión como operadores económicos y políticos . Así las cosas, las aplicaciones tecnológicas emergen como recursos eficaces para que los consumidores puedan verificar esta transparencia.

Este artículo “Blockchain: the solution for transparency in product supply chains“apunta a la oportunidad de implementar una suerte de “pasaporte digital” para los productos que compramos, esto es, una aplicación que permita al consumidor seguir  la cadena de valor del producto o servicio que adquiere.

En otras palabras se trata de facilitar al  consumidor  mediante la tecnología digital  la información sobre  el qué, el quiénes, el cómo y el dónde de la fabricación y comercialización de lo que compra.

Las decisiones de compra son decisiones éticas que convierten a los consumidores en “colaboradores necesarios” o en “colaboradores por necesidad” de las decisiones de un sistema económico injusto con las personas y con el planeta.

Su condición de colaborador “necesario” o “por necesidad” va a depender básicamente de la disponibilidad y acceso a la información veraz que tengan sobre el producto y de su nivel de renta.La certeza es que los consumidores pobres son claramente “colaboradores por necesidad” ya que tienen escasas o nulas posibilidades de decidir sobre su compra forzados como están  a adquirir aquello que, simplemente, se pueden permitir: productos de menor calidad y tradicionalmente con menores garantías sobre la transparencia de su procedencia.

Cuando la pobreza inclina la decisión de compra es ingenuo pensar que cambiar  pautas de consumo va a a depender solo de la información que quieran dar las empresas y  de la facilidad de acceso a la misma mediante  una aplicación tecnológica.

El timo del emprendimiento

No acabo de entender cómo hemos caído todos en la trampa de lo que se ha dado en llamar el nuevo paradigma del empleo: el emprendimiento, que viene a ser algo así como el “hágalo usted mismo” referido al futuro profesional en vez de al bricolaje.

A priori parece muy bonito eso de que todos seamos emprendedores. Estoy de acuerdo: todos debemos ser emprendedores, pero en cualquier actividad, y precisamente es en los ámbitos no empresariales, como la educación, los servicios sociales, el tercer sector o la Administración Pública, donde hacen falta más emprendedores, porque emprender es tener iniciativa y hacer cosas nuevas, es decir, innovar.  Pero la trampa está en que no todos podemos ser empresarios. Ese atajo que han tomado nuestras autoridades, desde la Comisión Europea hacia abajo, sean de izquierdas o de derechas, haciéndonos creer que emprendimiento y empresarialidad es lo mismo, es una verdadera tomadura de pelo. Y es lo que explica que, pese a que cada vez haya más nuevos proyectos empresariales, menos sobrevivan. Según el Global Entrepreneurship Monitor, solo el 8,7 % de los proyectos superan los tres años y medio de vida.

En mi opinión, el emprendimiento, tal y como está planteado, es un timo, que consiste en hacer creer a muchas personas que por el mero hecho de que se les ocurra una idea o tengan el valor de echarse al ruedo de los negocios, pueden ser empresarios con un cierto grado de éxito. A esto se une la paradoja de que no se exija ningún tipo de cualificación para ser empresario. Hemos sacralizado la iniciativa privada hasta tal punto que cualquiera, sin formación, sin experiencia, sin preparación técnica, sin capacidad de gestión, sin moral incluso, puede montar un negocio, contratar gente, adquirir suministros, pedir dinero a diestro y siniestro, y fracasar, defraudar o estafar a toda la sociedad. Así como todas las profesiones están reguladas de alguna forma, la profesión de empresario no tiene más exigencias que la capacidad legal que se adquiere con la mayoría de edad.

Incluso en el supuesto utópico de que todos los pequeños emprendedores sean competentes y honestos, ¿a qué nos llevaría esto? Creo que a una especie de gigantesco banco del tiempo donde cambiaríamos clases de inglés por tomates o composturas de ropa por cuidado de niños. Es decir, a una economía de trueque casi medieval donde intercambiaríamos productos y servicios de supervivencia, dada la inexistencia de un mercado suficiente para tantas microempresas, que además serían bastante ineficientes no solo por su mínimo tamaño sino porque no todos los emprendedores tendrían algo verdaderamente útil que vender. ¿Esa es la economía del conocimiento que va a sustituir al modelo del ladrillo?

Yo creo que a quien beneficia todo esto es a las grandes empresas. Esas que, en vez de contratar un trabajador bajo el amparo del derecho laboral, contratan a “un profesional” mediante un contrato mercantil que encubre a un falso autónomo (ese oxímoron llamado legalmente “autónomo dependiente”). Un profesional que se paga todos sus gastos, incluidos los seguros sociales, que asume todo su riesgo laboral y profesional, pero que de autonomía no tiene ninguna, ya que depende de la voluntad de la empresa grande para trabajar, quien lo mismo puede prescindir de él sin prácticamente coste alguno. Al Estado tampoco le viene mal, ya que las prestaciones que recibe un autónomo por las diversas contingencias son mucho menores que las de un asalariado.

En fin, se mire como se mire, un timo. Y una enorme irresponsabilidad para con toda la sociedad.

ANA MARÍA CASTILLO CLAVERO.

PRESIDENTA DE ADRO

Educar en la responsabilidad social: desde la guardería y durante toda la vida

No cabe duda de que cada vez estamos más sensibilizados con los asuntos de carácter ético, con el medio ambiente y con los derechos humanos. La creciente preocupación social por estos aspectos hace que las empresas traten de abordarlos adquiriendo un compromiso con sus grupos de interés que va más allá de las obligaciones estrictamente legales y mercantiles.

Pese a que el mundo de la empresa haya enarbolado como propia la bandera de la responsabilidad social, la realidad es que su gran impulsor ha sido el despertar de la conciencia social de todos, y solo gracias a que consumidores, ecologistas, gobiernos, sindicatos, ONGs y otras entidades y colectivos hayan alzado sus voces reclamando de las empresas una mayor responsabilidad social este fenómeno ha alcanzado el grado de expansión y consolidación del que viene gozando.

Por eso, y esta es la principal motivación de la existencia de ADRO, es fundamental educar en responsabilidad social desde todos los ámbitos, y muy especialmente, desde el escolar, porque la responsabilidad social es, sobre todo, una actitud: difícilmente tendremos consumidores responsables, trabajadores comprometidos, empresarios sensibles, inversores con conciencia y buenos jefes, si los valores de la responsabilidad social no se transmiten de forma transversal y permanente a lo largo de todo el proceso educativo, moldeando la actitud de asumir y también de exigir responsabilidades desde la infancia.

La conciencia cívica y el compromiso son característicos de sociedades con buen nivel educativo. La gobernanza en los sistemas educativos debe partir del principio de que la educación ha sido tradicionalmente un derecho de la sociedad y un servicio brindado por el Estado para asegurar una adquisición de competencias que permitan el desarrollo individual y la plena y satisfactoria inserción social y profesional de las personas.

Por eso, es fundamental fomentar desde las aulas escolares un compromiso consistente con la sociedad. Maestros, padres y madres, dirigentes y medios de comunicación deben contribuir a forjar la conciencia de que todos formamos parte de un sistema holístico, de un organismo unitario, donde lo que le ocurra a una parte de la sociedad afecta a toda ella.
La educación para el desarrollo sostenible es un llamamiento amplio que busca la adquisición de valores éticos, sociales y ambientales, en defensa de la igualdad, la diversidad, la conservación del medio ambiente, la cooperación, la solidaridad, la excelencia, en definitiva, la responsabilidad hacia la sociedad actual y hacia la comunidad futura.

No estamos hablando de introducir asignaturas específicas en todos los ciclos, aunque sí que sería deseable que la Educación Para la Ciudadanía incorporara estos contenidos, sino de hacer penetrar de forma transversal los valores de la responsabilidad social y la ética en todas las materias y a lo largo de todo el proceso educativo. Ello no obsta para que en las carreras enfocadas a la gestión (derecho, administración de empresas, marketing, finanzas, ciencias del trabajo, turismo, etc.), así como en la formación profesional, sí debieran aparecer programas específicos de formación en responsabilidad social empresarial.

Los instrumentos que pueden sirven de vehículo a estos programas formativos incluyen una diversidad de actividades, como talleres, juegos de rol, estudios de casos, debates, actividades al aire libre, etc., así como todos los potentes medios que pone a nuestro alcance la sociedad 2.0.

Pero para incorporar la responsabilidad social a la educación se requiere un examen de la política educativa con vistas a reorientarla y a centrarse claramente en el desarrollo de los conocimientos, habilidades, perspectivas y valores de la sostenibilidad. La implantación de la responsabilidad social en la enseñanza es un proceso que comportaría tres niveles: la difusión del concepto y de sus principios básicos entre el personal docente y los estudiantes, la integración de la responsabilidad social de forma transversal en todos los niveles educativos y áreas de enseñanza y, por último, el desarrollo de especialidades en las áreas de conocimiento centradas en aspectos propios de cada una de las materias, como por ejemplo, la bioética.

Queda un largo camino por recorrer todavía.

MARÍA GONZÁLEZ PIÑA. Vocal de Educación

ANA MARÍA CASTILLO CLAVERO. Presidenta de ADRO

De robots, humanos y otras especies

Si leemos la noticia de que “un millón de robots fabricarán el iPad” nuestra primera reacción será muy probablemente positiva en lo referente al avance de la tecnología en los procesos de fabricación y ensamblaje de dispositivos tecnológicos. Sin embargo, si ese titular es el resultante de los suicidios que se han producido en la factoría taiwanesa  donde, bajo inhumanas condiciones laborales y pésimos sueldos, se hace realidad esta tecnología, la cosa cambia; sobre todo cuando te enteras de que para compensar han subido el sueldo el 30% a los empleados que ahora pasan a ganar la friolera de 215 euros al mes.

Desgraciadamente, estamos demasiado acostumbrados este tipo de noticias provenientes de países asiáticos, donde la masificación y la necesidad empujan a cometer lo que para nosotros son atrocidades y abusos, y para ellos una forma de vida. Y no hablemos solo de los abusos laborales. La falta de higiene o el maltrato animal en la mayoría de los casos no es opcional.

Me he encontrado mil veces preguntándome por qué lo permiten, por qué no hacen nada, por qué pueden vivir así, por qué esa cultura del 24×7 si la vida es mucho más que el trabajo y las obligaciones… Otras mil me he visto criticando vídeos de YouTube como el que muestra el sacrificio de cientos de canes por la piel o la carne y otras tantas me he encontrado en una terraza con amigos (mientras daba un sorbo de mi mojito y cogía unos cacahuetes, eso sí) teorizando sobre por qué los chinos se están llevando el mercado… Ahora me doy cuenta de que no me había enterado de nada. Esta mañana, cuando leí la noticia del diario Expansión sobre las duras condiciones laborales de los empleados de la fábrica de Foxconn, lo vi claro. No tienen opción.

Y ahora pensemos en el liderazgo responsable. Pensemos en los encargados de dirigir a los miembros –humanoides– de esa fábrica, de otras muchas. La crisis, la subida/bajada de sueldos, la mecanización de procesos para ahorrar costes, la contratación de personas multi-cualificadas, la mano de obra barata, la limpieza, el orden, los despidos procedentes, el trabajo en equipo… La cruda realidad que azota a muchas familias de este país ya no parece tan cruda. Las conversaciones mañaneras de cafetería sobre las injusticias que comete el jefe o lo vagos y desmotivados que se han vuelto los miembros del equipo dejan de estar tan justificadas. Al final es lo de siempre, nos justificamos por lo buenos que somos y nos conformamos con todo; `virgencita, déjame como estoy´.

Quizás deberíamos reflexionar sobre el significado de la palabra humanidad. Deberíamos preguntarnos qué nos diferencia de otras culturas y sacar el mayor rendimiento posible a la respuesta, dejando atrás las obviedades que justifican todo lo que hacemos. Quizás deberíamos mirar un poquito más el diccionario y leer un poquito más las noticias. Somos nosotros, y no ellos. ¿Debemos dejar que las multinacionales y no tan multinacionales sigan aprovechando el bajo coste de producción de determinados países? ¿Debemos por contra prohibirlo y dejar a miles de familias sin esos 200 euros mensuales? ¿Debemos dejar de comprar tecnología? ¿Debemos pensar que somos mejores jefes porque nuestros empleados no se suicidan…? El liderazgo y el consumo responsables son algo más que eso.

CHUS MORENO MONTILLA. Vocal de Comunicación y Reputación Corporativa

¿Dirección responsable? ¿Por qué ahora?

Dirección responsable es una tribuna que tiene el propósito de hacer real y efectiva la responsabilidad social. No solo de las empresas, tan publicitada como mal entendida y, sobre todo, tan mal gestionada la mayoría de las veces, sino la responsabilidad de todos: de las administraciones públicas, de los políticos, de las ONG, de los consumidores, de los educadores y de los educandos, de la universidad y de las escuelas de negocios, de las instituciones internacionales, de las entidades financieras, de los medios de comunicación, de los ciudadanos, del vecino de al lado, y de cualquiera de nosotros.

Porque la responsabilidad social es social en dos sentidos: en el sentido de que concierne a problemas de la sociedad, a la que se ha de rendir cuentas, y en el sentido de que es una responsabilidad que, en muchos de sus campos, ha de ser compartida; así, es social porque es de todos, exigible a todos y exigible por todos, porque se refiere a problemas comunes dentro de un espacio concreto.

Si hoy queremos hablar de responsabilidad social en nuestro territorio, tendremos que hablar de aquello que preocupa a la población y discutir soluciones que permitan el reparto equilibrado de la carga del esfuerzo para elaborar soluciones satisfactorias. La responsabilidad social es de todos en el sentido de que hace falta consenso y esfuerzo compartido para construir un territorio y un futuro socialmente responsables.

Pero eso no significa que todos tengamos la misma cuota de responsabilidad en los problemas actuales. No podemos aceptar creer que la crisis financiera se ha debido a la inconsciencia de unos trabajadores que se han entrampado muy por encima de su capacidad objetiva de endeudamiento más que por la avidez e incompetencia profesional de unas entidades bancarias que, por un ánimo desmedido de lucro, han olvidado los más elementales principios de prudencia financiera en la valoración de los riesgos. Es evidente que todos hemos puesto algo en sentar los cimientos de la crisis, pero mientras unos han puesto un granito de arena, otros han plantado sillares tan grandes como los de las catedrales góticas.

La reflexión anterior nos reconduce al tema central de este comentario: la responsabilidad social es compartida, colectiva y común, pero tiene que ser liderada para poner en marcha los procesos de construcción de una sociedad más justa, ética y responsable. Los padres tienen más responsabilidad que los hijos, los maestros más que los alumnos, los directivos más que los trabajadores, las empresas más que los consumidores y los poderes públicos más que los ciudadanos de a pie.

Desde este espacio queremos ayudar a promover un concepto de la responsabilidad social comprensible, factible y aplicable por todos los que tenemos algún papel que cumplir en su desarrollo, pero fundamentalmente queremos recordarles a quienes ostentan mayores cotas de responsabilidad económica, profesional o política que su responsabilidad social es, al menos, igualmente importante: dirección responsable quiere ser, desde la modestia de su espacio, una escuela de liderazgo ético.

Ana María Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO