¿”Excelentólogos”? No, gracias

Se está extendiendo entre muchos empleados públicos la sensación de que nuestro patrón no solo no nos aprecia a nosotros ni a nuestro trabajo, sino que, además, ni siquiera se fía un pelo de nosotros. Parece mentira, con lo prolijo y presuntamente garantista que es el proceso de acceso al empleo público, que una vez en el puesto piensen que deben cuadricularnos el trabajo, encasillarnos las tareas en horarios y obligarnos a explicitar y verificar todo lo que hacemos en nombre de la sacrosanta “excelencia” (antes fue de la calidad, ahora ha subido de categoría).

Viene esto a cuento porque cada vez que hablo con empleados públicos, da igual que sean administrativos, gestores, maestros, sanitarios o bomberos, todos se quejan del “papeleo informático”.  ¿Que qué es eso? Pues es una denominación que acabo de acuñar para designar la infinidad de formularios electrónicos en línea que hay que cumplimentar en cualquier puesto público acerca del propio trabajo.

La mayor parte de este fárrago de papeleo electrónico exige explicar qué vamos a hacer, cómo lo vamos a hacer, cuánto tiempo vamos a emplear en cada cosa, qué secuencia de trabajo llevaremos y qué resultados esperamos conseguir. Por ejemplo, en la universidad, los profesores tenemos que detallar cuestiones tan absurdas como indicar en la programación semanal –sí, semanal- qué objetivos didácticos vamos a conseguir y qué competencias va a adquirir el alumno cada semana. A eso se suma multitud de datos casi infinitesimales que hay que introducir tres y cuatro veces en sistemas presuntamente conexos pero inconexos en la práctica, y en versiones distintas cada vez. Esos sistemas son tan perversos que, como falte una coma o un dato, no te validan nada y tu trabajo corre el peligro de quedar bloqueado. Una vez que consigues la heroicidad de cumplimentarlo todo, echas cuentas y ves que por cada hora de trabajo real, has hecho unas dos horas de inútil trabajo administrativo. Bueno, y en caso de que haya que corregir errores, omisiones o hacer cambios, que siempre los hay, es necesario solicitar al administrador del sistema (ese correo misterioso llamado soporte-lo-que-sea@uma.es que te habiliten un plazo extraordinario para resolver el problema.

Un capítulo aparte merecen las encuestas. Por cada proceso en el que intervengas o que te suministre algo se genera una encuesta automática. Lo curioso es que la mayoría de las veces te pasan la encuesta antes de prestarte el servicio, pero eso no parece tener importancia. El caso es tener eso que llaman “feed-back” del cliente/usuari@ (sí, así, escrito de manera políticamente correcta). Y digo yo, ¿qué mejor feed-back que no contestar? ¿No queda clara así mi opinión sobre todo este tinglado?

Esto que cuento pasa también en la sanidad, en las enseñanzas medias, en la administración de justicia y en todas partes. La explicación oficial es que esos sistemas están para “asegurar” la calidad y promover la excelencia (cosa harto difícil cuando tengo que dedicarle más tiempo a esto que a preparar mis clases o investigar) pero en la práctica, yo creo que no es más que la venganza de unos sádicos psicópatas a los que podríamos llamar “excelentólogos”, que no son más que una panda de listillos que se han buscado un buen chollo a costa de martirizar a los que de verdad hacemos un trabajo productivo. Lo malo es que son los que mandan los responsables de haberles dado tanto poder. Eso sin contar con la irresponsabilidad de dedicar tantos recursos a algo que no sirve para nada.

Ana María Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO

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Mediocridad, exigencia y responsabilidad social

En ocasiones he comentado con amigos y colegas el peligro de estar siendo invadidos por la mediocridad. Que haya mediocridad en sí mismo no es lo grave, ya que al fin y al cabo, no todo el mundo puede ser brillante y talentoso. Lo que me preocupa, y casi me atrevo a decir que es una de las causas de que se esté cuestionando la viabilidad  financiera de nuestro país, es que nos hayamos ido acostumbrando a aceptar la mediocridad como estándar de normalidad.

No quiero afirmar que algunas leyes de educación puedan tener la culpa, con eso del progresa adecuadamente y el necesita mejorar que, de alguna manera, expulsaron a la excelencia del currículo escolar y de los valores que cualquier futuro ciudadano necesita interiorizar y casi “tatuarse” en el alma si quiere ser alguien de provecho, como nos decían nuestros padres a los que ya tenemos una edad.

Pero en cierto modo es verdad que los españoles nos hemos vuelto tan tolerantes –en un sentido muy mal entendido de la tolerancia– que aceptamos las cosas cutres, inacabadas, chapuceras y hasta corruptas sin alterarnos, y el “bueno, vale” se ha convertido en la consigna generalizada que valida lo inaceptable. Da igual que sea el fontanero que viene a reparar un grifo a domicilio y te lo deja a medias, el político que defrauda tus expectativas o el hijo que trae suspensas varias asignaturas: nos conformamos sin apenas discusión, pagamos religiosamente, seguimos votándoles o incluso le damos un cariñito al chaval, no vaya a ser que se traumatice si lo castigamos.

Con eso, lo único que conseguimos es perpetuar la mediocridad, bajar el listón, poner el nivel por los suelos, y lo que es peor, convertir en bichos raros a los que son brillantes, que, de esa forma, en lugar de ser el referente al que los jóvenes desearían parecerse, son vistos como figuras más bien repelentes de las que huir, no sea que se les vaya a pegar algo. Por contra, con la inestimable ayuda de nuestra telebasura, hemos elevado a la categoría de mitos triunfadores a una pandilla de indocumentados y analfabetos funcionales que se están erigiendo en los únicos ídolos de una cierta generación.

Una sociedad que no es exigente, difícilmente será capaz de salir del estancamiento y de progresar. La educación en valores como el esfuerzo, el amor por el conocimiento o la integridad profesional no puede fiarse solo a la escuela y ni siquiera solo a las madres y padres. Tenemos que acostumbrarnos todos a ser exigentes, como clientes, como vecinos, como votantes, como militantes, como audiencia. Porque tiene que ser el conjunto de todos los integrantes del entorno social el que apueste y defienda ese tipo de valores y los exija en sus comportamientos cotidianos en todos los ámbitos.

Lo contrario, no es más que una tremenda falta de responsabilidad social, de la que todos somos culpables.

Ana M. Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO