Educar en la responsabilidad social: desde la guardería y durante toda la vida

No cabe duda de que cada vez estamos más sensibilizados con los asuntos de carácter ético, con el medio ambiente y con los derechos humanos. La creciente preocupación social por estos aspectos hace que las empresas traten de abordarlos adquiriendo un compromiso con sus grupos de interés que va más allá de las obligaciones estrictamente legales y mercantiles.

Pese a que el mundo de la empresa haya enarbolado como propia la bandera de la responsabilidad social, la realidad es que su gran impulsor ha sido el despertar de la conciencia social de todos, y solo gracias a que consumidores, ecologistas, gobiernos, sindicatos, ONGs y otras entidades y colectivos hayan alzado sus voces reclamando de las empresas una mayor responsabilidad social este fenómeno ha alcanzado el grado de expansión y consolidación del que viene gozando.

Por eso, y esta es la principal motivación de la existencia de ADRO, es fundamental educar en responsabilidad social desde todos los ámbitos, y muy especialmente, desde el escolar, porque la responsabilidad social es, sobre todo, una actitud: difícilmente tendremos consumidores responsables, trabajadores comprometidos, empresarios sensibles, inversores con conciencia y buenos jefes, si los valores de la responsabilidad social no se transmiten de forma transversal y permanente a lo largo de todo el proceso educativo, moldeando la actitud de asumir y también de exigir responsabilidades desde la infancia.

La conciencia cívica y el compromiso son característicos de sociedades con buen nivel educativo. La gobernanza en los sistemas educativos debe partir del principio de que la educación ha sido tradicionalmente un derecho de la sociedad y un servicio brindado por el Estado para asegurar una adquisición de competencias que permitan el desarrollo individual y la plena y satisfactoria inserción social y profesional de las personas.

Por eso, es fundamental fomentar desde las aulas escolares un compromiso consistente con la sociedad. Maestros, padres y madres, dirigentes y medios de comunicación deben contribuir a forjar la conciencia de que todos formamos parte de un sistema holístico, de un organismo unitario, donde lo que le ocurra a una parte de la sociedad afecta a toda ella.
La educación para el desarrollo sostenible es un llamamiento amplio que busca la adquisición de valores éticos, sociales y ambientales, en defensa de la igualdad, la diversidad, la conservación del medio ambiente, la cooperación, la solidaridad, la excelencia, en definitiva, la responsabilidad hacia la sociedad actual y hacia la comunidad futura.

No estamos hablando de introducir asignaturas específicas en todos los ciclos, aunque sí que sería deseable que la Educación Para la Ciudadanía incorporara estos contenidos, sino de hacer penetrar de forma transversal los valores de la responsabilidad social y la ética en todas las materias y a lo largo de todo el proceso educativo. Ello no obsta para que en las carreras enfocadas a la gestión (derecho, administración de empresas, marketing, finanzas, ciencias del trabajo, turismo, etc.), así como en la formación profesional, sí debieran aparecer programas específicos de formación en responsabilidad social empresarial.

Los instrumentos que pueden sirven de vehículo a estos programas formativos incluyen una diversidad de actividades, como talleres, juegos de rol, estudios de casos, debates, actividades al aire libre, etc., así como todos los potentes medios que pone a nuestro alcance la sociedad 2.0.

Pero para incorporar la responsabilidad social a la educación se requiere un examen de la política educativa con vistas a reorientarla y a centrarse claramente en el desarrollo de los conocimientos, habilidades, perspectivas y valores de la sostenibilidad. La implantación de la responsabilidad social en la enseñanza es un proceso que comportaría tres niveles: la difusión del concepto y de sus principios básicos entre el personal docente y los estudiantes, la integración de la responsabilidad social de forma transversal en todos los niveles educativos y áreas de enseñanza y, por último, el desarrollo de especialidades en las áreas de conocimiento centradas en aspectos propios de cada una de las materias, como por ejemplo, la bioética.

Queda un largo camino por recorrer todavía.

MARÍA GONZÁLEZ PIÑA. Vocal de Educación

ANA MARÍA CASTILLO CLAVERO. Presidenta de ADRO

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Mediocridad, exigencia y responsabilidad social

En ocasiones he comentado con amigos y colegas el peligro de estar siendo invadidos por la mediocridad. Que haya mediocridad en sí mismo no es lo grave, ya que al fin y al cabo, no todo el mundo puede ser brillante y talentoso. Lo que me preocupa, y casi me atrevo a decir que es una de las causas de que se esté cuestionando la viabilidad  financiera de nuestro país, es que nos hayamos ido acostumbrando a aceptar la mediocridad como estándar de normalidad.

No quiero afirmar que algunas leyes de educación puedan tener la culpa, con eso del progresa adecuadamente y el necesita mejorar que, de alguna manera, expulsaron a la excelencia del currículo escolar y de los valores que cualquier futuro ciudadano necesita interiorizar y casi “tatuarse” en el alma si quiere ser alguien de provecho, como nos decían nuestros padres a los que ya tenemos una edad.

Pero en cierto modo es verdad que los españoles nos hemos vuelto tan tolerantes –en un sentido muy mal entendido de la tolerancia– que aceptamos las cosas cutres, inacabadas, chapuceras y hasta corruptas sin alterarnos, y el “bueno, vale” se ha convertido en la consigna generalizada que valida lo inaceptable. Da igual que sea el fontanero que viene a reparar un grifo a domicilio y te lo deja a medias, el político que defrauda tus expectativas o el hijo que trae suspensas varias asignaturas: nos conformamos sin apenas discusión, pagamos religiosamente, seguimos votándoles o incluso le damos un cariñito al chaval, no vaya a ser que se traumatice si lo castigamos.

Con eso, lo único que conseguimos es perpetuar la mediocridad, bajar el listón, poner el nivel por los suelos, y lo que es peor, convertir en bichos raros a los que son brillantes, que, de esa forma, en lugar de ser el referente al que los jóvenes desearían parecerse, son vistos como figuras más bien repelentes de las que huir, no sea que se les vaya a pegar algo. Por contra, con la inestimable ayuda de nuestra telebasura, hemos elevado a la categoría de mitos triunfadores a una pandilla de indocumentados y analfabetos funcionales que se están erigiendo en los únicos ídolos de una cierta generación.

Una sociedad que no es exigente, difícilmente será capaz de salir del estancamiento y de progresar. La educación en valores como el esfuerzo, el amor por el conocimiento o la integridad profesional no puede fiarse solo a la escuela y ni siquiera solo a las madres y padres. Tenemos que acostumbrarnos todos a ser exigentes, como clientes, como vecinos, como votantes, como militantes, como audiencia. Porque tiene que ser el conjunto de todos los integrantes del entorno social el que apueste y defienda ese tipo de valores y los exija en sus comportamientos cotidianos en todos los ámbitos.

Lo contrario, no es más que una tremenda falta de responsabilidad social, de la que todos somos culpables.

Ana M. Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO