ADRO RECIBE EL DISTINTIVO MÁS FAMILIA POR NUESTRO COMPROMISO CON LAS MEDIDAS LABORALES PARA LA CONCILIACIÓN

mas familiaEl pasado mes de diciembre se nos comunicó oficialmente que habíamos superado  las pruebas de verificación para recibir el distintivo de organización comprometida con las mediadas que fomentan la igualdad y la conciliación familiar.

Este distintivo refuerza nuestro compromiso y nuestras ganas de apoya el trabajo que la Fundación Más Familia viene desempeñando para conseguir empresas más humanas, más cuidadoras y más igualitarias.

El informe completo de nuestra verificación que incluye las propuestas de mejora pueden verlo aquí

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La corrupción en un país decente

La corrupción no puede ser tomada como el mal endémico de un país. Simplemente porque nos contagia y nos señala a todo un pueblo como el Prestige marcó en negro las costas azules del Cantábrico.
Y eso fue lo que hizo Rosa Díez pattiesta semana  en el Congreso: comparar la corrupción con el ébola una enfermedad que va camino de convertirse en endémica para un país como Liberia y para un continente como el africano.
Flaco favor. Claro que si atendemos a que no se invierte en los medios para frenar el contagio, en uno y otro caso, la enfermedad es inevitable.
Algo es claro en este asunto de la corrupción: la indignación ciudadana alimentada por una dirigida (y, en ocasiones, necesaria) crispación mediática impide a la ciudadanía pensar con objetividad sobre ciertos hechos.
Me refiero, en concreto, a algunos.
Lamentablemente hoy parece casi imposible evitar que, en cualquier organización decente, aparezcan ovejas negras y con ellas los casos de corrupción. Parece inevitable pero es controlable, como el ébola hasta que aparezca la vacuna.
Las organizaciones pueden y deben tener códigos éticos que atiendan con mano firme los casos y sus consecuencias.
Otro asunto es cuando la corrupción se convierte en “estructural” y en “modus operandi”.
Cuando un Presidente de gobierno como Aznar cobra comisiones por utilizar su influencia y experiencia como Jefe de Gobierno para que una empresa española consiguiera contratos en Libia  (ojo también corrupta porque entra en el juego, hacen falta dos para el tango) marca una tendencia en el comportamiento, desde luego nada ética, que puede contagiarse en la organización política y convertirse en estructural.
A mi todo este asunto de Aznar me recuerda mucho a cómo funciona la mafia. En la mafia no hay ovejas blancas con alguna inevitablemente negra. Si fuera así sería una organización decente con el mismo riesgo de corrupción que otras organizaciones decentes.
Creo que debemos reflexionar seria y críticamente sobre este hecho y explicarlo a la ciudadanía. No hay corruptos más o menos enriquecidos gracias al juego sucio. Ni corruptos más cultos o menos según en qué gastaron el crédito de las tarjetas opacas.
Simplemente hay inevitables corruptos en organizaciones mayoritariamente decentes o no.

Los nuevos pobres de la era global están en la clase media

El aumento de los nuevos súper ricos en el mundo   por  Chrystia Freeland es una de las charlas TEDX dedicadas a asuntos globales como la desigualdad y la pobreza.

Estas conferencias, tanto por las temáticas que abordan como por la originalidad de su formato, me resultan especialmente interesantes ya que en apenas veinte minutos el/la ponente debe exponer las principales ideas innovadoras/revolucionarias que sostienen su tesis o su  punto de vista relativo a un problema o un proyecto igualmente innovador o revolucionario.

A priori el título de la conferencia de la periodista Chrystia Freeland  parece alejarnos del que encabeza este post. Pero si tiene oportunidad de visionar la charla  comprobará el vínculo entre uno y otro y de ambos con la globalización y sus efectos: una multipolarización geográfica de la riqueza, un aumento sin precedentes en la historia reciente de la brecha entre los muy ricos y el resto de la sociedad y la consecuente desaparición de lo que entendíamos por una “necesaria” clase media debido a la aparición de otra nueva clase trabajadora empobrecida por una  “necesaria” precariedad laboral.

Señala Freeland en su conferencia que solo en Estados Unidos, hoy por hoy, el 1% de la población representa el 20% de la renta nacional  frente al 10%  que constituía en los años 70.

En los años 90 para entrar en la lista Forbes (la lista que anualmente publica la revista que lleva el mismo nombre con los hombres, sí, hombres, más poderosos y ricos del planeta)  bastaba con reconocer ingresos cercanos a los 400. 000 mil millones de dólares. En el 2013 esa misma cifra alcanza los 1,7 billones.

Una nueva  plutocracia neoliberal emerge sin problemas también en democracias sociales como las de Suecia, Finlandia o España. Nuestro país es ahora el segundo con más desigualdad social de Europa y en el que la brecha entre ricos y pobres más ha crecido en los últimos años.

A nivel mundial y según los datos de un informe realizado por Intermon Oxfam sobre la desigualdad en el mundo, las 85 personas más ricas del planeta poseen ingresos  equivalentes a los de la mitad. La influencia de este “club de  los 85 más ricos” en las agendas políticas de los Gobiernos es tal, que esta misma ONGD  habla ya de un auténtico  “secuestro de la democracia” y  Freeland de la sustitución de una plutocracia meritocrática por un  “capitalismo de amigos”.

Estamos, pues,  ante una élite económica con un poder político sin precedentes desde la revolución industrial.

Esta acumulación de poder es consecuencia, por un lado, de la extensión del paradigma económico neoliberal caracterizado por la desregulación, principalmente, de los servicios financieros, la baja presión fiscal sobre los más ricos, las privatizaciones en el sector público y una política de descrédito más o menos intencionada hacia la legitimidad de los sindicatos. Y, por otro, al empuje de dos nuevos motores económicos: la aparición de un mercado global y la revolución tecnológica.

La terciarización de las economías desarrolladas debida al traslado de la producción industrial a los países menos desarrollados que ha caracterizado las últimas décadas ha traído algunos aparentes beneficios. Entre ellos permitir a los consumidores de dichas economías acceder a productos más baratos y a los otros países sacar a miles de familias de una situación de pobreza extrema.  La revolución tecnológica que crea nuevos multimillonarios en un tiempo record  y en cualquier parte del mundo y que consigue que un país como India haya sido capaz de poner en órbita un satélite de bajo coste  tiene consecuencias para unos y para otros tan graves como complejas de combatir. Como el hecho, inevitable, de que esta revolución tecnológica, provoque  la desaparición de millones de empleos tradicionales en las economías desarrolladas  y que sea incapaz de crear empleo ni siquiera en una proporción aproximada.

Basta ver la plantilla de empresas líderes como Facebook, Apple o Microsoft.

Asimismo parece que hay una relación directa entre la competitividad de estas empresas y las  precarias condiciones laborales de los trabajadores de los países en los que   han deslocalizado su producción. No obstante parece que la principal ventaja competitiva de estos países es la existencia de una mano de obra barata amparada, casi siempre,  por una legislación laxa que favorece dicha precariedad.

Como hemos podido  constatar los avances tecnológicos y la aparición de un mercado global no han detenido una desigualdad social creciente que se traducirá en la falta de movilidad social, de igualdad de oportunidades para los individuos de cualquier país. En otras palabras, que el acceso a la educación cualificada y a los mejores empleos que  provee, puedan quedar en manos de la plutocracia del “capitalismo de amigos” y en sus diferentes grupos sociales.

La nueva pobreza  global se llama precariedad laboral y afecta a lo que conocíamos como clase media. La precariedad laboral va camino de convertirse en una condición política y económica que haya que mantener con carácter estructural para sostener el crecimiento económico.

Es un fenómeno que no encuentra país emergente o desarrollado que encare otro tipo de respuesta política distinta a la que marca la ortodoxia neoliberal. La clase media parece identificarse ya con ella.

Quizá sea esto lo que, desgraciadamente, lo que haga  que la precariedad laboral parezca imparable.

Los charlatanes han secuestrado a la RSC

Estaba por titular esta entrada con el interrogante “¿La RSC ha muerto o solo  está desaparecida en combate?”, pero al final he decido adelantar la conclusión a la que me gustaría conducirles.

Aunque muchos dicen que la RSE goza de su mejor momento, y es cierto que esa etiqueta nunca ha tenido la visibilidad que ahora posee, yo creo que la fama está ahogando al personaje. De hecho, parece que a la mayoría de “interesados” en la RSE (empresas, expertos, consultores, políticos, medios de comunicación) lo único que de verdad les interesa es monopolizar la marca RSC, pero no tanto practicarla.

¿Quién tiene la culpa de esto que está pasando? Yo encuentro varios culpables. En primer lugar, las propias empresas, sobre todo las grandes, que conciben la RSC como una herramienta de relaciones públicas, y que no han pasado de esa etapa inicial en la que asumirla no tiene más finalidad que el maquillaje social, el “puro teatro” como diría La Lupe. A veces, cuando hojeo memorias de sostenibilidad de corporaciones o entidades financieras, me asalta la idea de que podrían acudir al Planeta a concursar como obras de ficción ¡y ganar!

Por poner un ejemplo, ¿es que alguien puede creer que una empresa que ha sido multada por pactar con sus competidores subidas de tarifas, o el mantenimiento artificialmente alto de sus precios,  o que posee fondos de inversión ocultos en paraísos fiscales, o que paga tarde y mal a sus proveedores, o que desatiende a sus clientes, realmente está comprometida con la RSE y la tiene integrada en su modelo de negocio? Esas empresas, que tienen fundaciones y presuntos proyectos sociales, que se lavan la cara a base de financiar cátedras y seminarios en las universidades,  que rentabilizan los intereses que tienen en los medios de comunicación, ni a cumplir las leyes llegan,  y ese, no lo olvidemos, es el límite mínimo de la RSC.

Otros cómplices necesarios de este tinglado son los mensajeros de la cuestión. Toda esa caterva de periodistas, expertos en marketing, relaciones públicas, publicistas y gurúes varios que creen que basta comunicar bien para tener algo que decir. Esos “todólogos” que presuponen que un bonito envoltorio hace al regalo y que creen que transparencia es sinónimo de bla-bla-bla. Creo que va siendo hora de que entendamos que primero hay que hacer y luego ya veremos la forma más adecuada de reportarlo. No por mucho comunicar se actúa con mayor RSC.

El tercer equipo en juego son los expertos, o experpentos, como sugiere un lector: consultores, asesores, técnicos, evaluadores, e incluso académicos, que están haciendo con la RSE lo mismo que antes hicieron con la calidad: ahogarla con normas, documentos, reglas, reducirla a burocracia, indicadores, estadísticas e informes. Esos que se han montado un tinglado para vivir a costa de los crédulos a los que han convencido de que lo que no se mide y se cuadricula no se puede gestionar.  ¡Mentira! Para mejorar cualquier cosa lo importante es la voluntad de hacer las cosas bien y la visión del adónde se quiere llegar. Olvidan, porque lo ignoran, que el mejor motivador y el que más influye en el comportamiento de las personas no es la normalización y tipificación de tareas y resultados, sino el compromiso normativo, el que las personas y las propias organizaciones “se crean” lo que hacen y compartan los valores en los que fundamentan su trabajo. Estos engañabobos además son un peligro para la RSE, porque hacen que muchas pymes, que es donde hoy día reside en buena parte la verdadera RSE,  se sientan incapaces de asumir su gestión de forma sistemática ante el coste y el esfuerzo que podría suponerles implantar todos esos innecesarios sistemas de evaluación y gestión.

En cuarto lugar, tenemos a nuestros amigos los políticos. Los que promueven pactos y alianzas por la RSC, crean consejos consultivos y (hasta ahora) han financiado campañas de sensibilización, eventos y actos propagandísticos de difusión. Se les llena la boca hablando de RSC pero se olvidan de aplicarla en casa, tanto en el seno de los partidos, donde medran los más mediocres y rastreros en perjuicio de la gente con talento y compromiso, como cuando gobiernan, en la propia Administración, que no es precisamente un ejemplo de excelencia y sí muchas veces de mediocridad, dejadez y corrupción.

Por último, y en quinto lugar, estamos todos: los ciudadanos, los consumidores, que no castigamos las malas prácticas, que no denunciamos, que no exigimos ética, honestidad, compromiso y buen hacer, que por ahorrarnos unos céntimos cerramos los ojos y compramos lo más barato, a sabiendas de que probablemente esté fabricado muy lejos por una pobre criatura sobreexplotada sin garantías ni derechos laborales.

Es hora de dejar de hablar y de empezar  a actuar.

Ana María Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO

¿Es que queremos volver al ladrillo?

Acabo de leer una noticia que me ha dejado estupefacta: unos alumnos de un instituto de Almería se quedan sin ir a un certamen mundial de robótica en el que han quedado finalistas por falta de fondos para financiar el viaje.

Es comprensible que el instituto, sus padres o el ayuntamiento de su pueblo no puedan subvenir este gasto. Pero, ¿donde están todas esas empresas y fundaciones que se gastan millones en poner su logo en la pechera de futbolistas de elite? ¿Dónde está ese Estado (me da igual que hablemos de Administración central o autonómica) que decía que apostaba por la economía basada en el conocimiento? ¿Dónde están todas esas ONG e iniciativas sociales que promueven proyectos de micromecenazgo?

¿No las conocen en ese pueblo? ¿No les interesan unos chavales que han desarrollado un sistema que permite detectar en qué punto se ha roto la cadena de frío de un alimento (el reto del concurso anual era  la seguridad alimentaria)?

La Universidad de Almería, la ex-caja de ahorros regional o los business angels (si es que, como todos los demás ángeles, existen realmente), ¿no estarían interesados en promover una joint venture con esta gente? Universia, el Santander,  Telefónica, Indra, Abengoa, Mercadona, o cualquier otra empresa del IBEX35, ¿no ven el filón que puede ser apoyar a jóvenes creadores y emprendedores como estos?

A todos esos directivos, consultores y demás gurúes de la cosa empresarial que se les llena la boca hablando del “activo más importante”, de la necesidad de “identificar y retener el talento”, de la exigencia de “innovar para lograr la excelencia”, ¿no se les alcanza que precisamente en jóvenes como estos está todo eso por lo que presuntamente claman en el desierto?

Si de verdad son todos tan ciegos, no solo hay una falta absoluta de responsabilidad hacia el futuro en este país, es que además no tiene arreglo ni lo tendrá por mucho tiempo. No me extrañaría que estos chavales acaben trabajando como investigadores en el extranjero, y entonces, habrá quienes se lamenten, pero ya será tarde.

ANA MARÍA CASTILLO CLAVERO

Presidenta de ADRO

 

¿”Excelentólogos”? No, gracias

Se está extendiendo entre muchos empleados públicos la sensación de que nuestro patrón no solo no nos aprecia a nosotros ni a nuestro trabajo, sino que, además, ni siquiera se fía un pelo de nosotros. Parece mentira, con lo prolijo y presuntamente garantista que es el proceso de acceso al empleo público, que una vez en el puesto piensen que deben cuadricularnos el trabajo, encasillarnos las tareas en horarios y obligarnos a explicitar y verificar todo lo que hacemos en nombre de la sacrosanta “excelencia” (antes fue de la calidad, ahora ha subido de categoría).

Viene esto a cuento porque cada vez que hablo con empleados públicos, da igual que sean administrativos, gestores, maestros, sanitarios o bomberos, todos se quejan del “papeleo informático”.  ¿Que qué es eso? Pues es una denominación que acabo de acuñar para designar la infinidad de formularios electrónicos en línea que hay que cumplimentar en cualquier puesto público acerca del propio trabajo.

La mayor parte de este fárrago de papeleo electrónico exige explicar qué vamos a hacer, cómo lo vamos a hacer, cuánto tiempo vamos a emplear en cada cosa, qué secuencia de trabajo llevaremos y qué resultados esperamos conseguir. Por ejemplo, en la universidad, los profesores tenemos que detallar cuestiones tan absurdas como indicar en la programación semanal –sí, semanal- qué objetivos didácticos vamos a conseguir y qué competencias va a adquirir el alumno cada semana. A eso se suma multitud de datos casi infinitesimales que hay que introducir tres y cuatro veces en sistemas presuntamente conexos pero inconexos en la práctica, y en versiones distintas cada vez. Esos sistemas son tan perversos que, como falte una coma o un dato, no te validan nada y tu trabajo corre el peligro de quedar bloqueado. Una vez que consigues la heroicidad de cumplimentarlo todo, echas cuentas y ves que por cada hora de trabajo real, has hecho unas dos horas de inútil trabajo administrativo. Bueno, y en caso de que haya que corregir errores, omisiones o hacer cambios, que siempre los hay, es necesario solicitar al administrador del sistema (ese correo misterioso llamado soporte-lo-que-sea@uma.es que te habiliten un plazo extraordinario para resolver el problema.

Un capítulo aparte merecen las encuestas. Por cada proceso en el que intervengas o que te suministre algo se genera una encuesta automática. Lo curioso es que la mayoría de las veces te pasan la encuesta antes de prestarte el servicio, pero eso no parece tener importancia. El caso es tener eso que llaman “feed-back” del cliente/usuari@ (sí, así, escrito de manera políticamente correcta). Y digo yo, ¿qué mejor feed-back que no contestar? ¿No queda clara así mi opinión sobre todo este tinglado?

Esto que cuento pasa también en la sanidad, en las enseñanzas medias, en la administración de justicia y en todas partes. La explicación oficial es que esos sistemas están para “asegurar” la calidad y promover la excelencia (cosa harto difícil cuando tengo que dedicarle más tiempo a esto que a preparar mis clases o investigar) pero en la práctica, yo creo que no es más que la venganza de unos sádicos psicópatas a los que podríamos llamar “excelentólogos”, que no son más que una panda de listillos que se han buscado un buen chollo a costa de martirizar a los que de verdad hacemos un trabajo productivo. Lo malo es que son los que mandan los responsables de haberles dado tanto poder. Eso sin contar con la irresponsabilidad de dedicar tantos recursos a algo que no sirve para nada.

Ana María Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO

Se abre la veda: ¡tiro al funcionario!

Estoy francamente cansada de que los funcionarios seamos el blanco del descontento y, por qué no decirlo, del resquemor de muchos conciudadanos que sufren en su empleo o desempleo los efectos de esta tremenda crisis. Pero estoy más cansada todavía de que sean los propios políticos, en sus habituales arranques de irresponsabilidad, los que alimenten este fuego a discreción.

Cuando una presidenta de comunidad autónoma, una concejala o un ministro dice que los maestros solo trabajan 20 horas a la semana (Esperanza Aguirre), que los empleados municipales hacen casi el doble de horas, y eso que tienen un convenio estupendo (Ana Botella), o que los funcionarios se tienen que aguantar sin subidas salariales (o con bajadas) porque bastante tienen con la estabilidad del puesto (Álvarez Cascos, Blanco, etc.), es lo mismo que si una empresa dijera que sus trabajadores son unos vagos, unos inútiles y poco menos que unos chorizos sin talento. ¡Habráse visto tamaña irresponsabilidad! Imaginen a Botín diciendo que los empleados del Santander son unos flojos o a Brin y Page contando que en Google tienen por sistema contratar a los peores candidatos, porque a los pobrecillos mediocres también hay que darles una oportunidad.

La estructura funcionarial podrá no ser todo lo eficaz y eficiente que debería, pero de eso no tienen la culpa individualmente los empleados públicos sino, la mayoría de las veces, la organización que les emplea. Montar y alimentar esta estructura ha supuesto la inversión de muchísimo dinero, tiempo y esfuerzo, desde el dedicado por los opositores a prepararse (carrera, academias, preparadores, lucro cesante, desplazamientos, etc.) hasta el gastado por la Administración en convocatorias, exámenes, gastos de los tribunales y, no olvidemos este importante capítulo, en formación de sus funcionarios, porque la Administración gasta muchos recursos en formar a sus empleados.

Echar por tierra la imagen de los funcionarios refiriéndose a ellos como si fueran unos aprovechados supone despreciar el valor de esta inversión y, por tanto, equivale a descapitalizar el Estado (¿no han oído hablar del branding?). Esa clase de declaraciones no sirven nada más que para alimentar los peores instintos de los no gozan del “privilegio” de tener un puesto fijo (olvidando que muchos lo intentaron y solo unos pocos lo consiguieron) y, lo que es peor, da pie a las peores presunciones sobre la capacidad de nuestro país de levantar cabeza, porque con estos mimbres…

Todo esto podría llegar a ser aceptable si quienes lo alientan tuvieran impecables currículos y hubieran alcanzado su estatus por su esfuerzo y mérito profesional. Pero la inmensa mayoría de las veces estos políticos han llegado a donde están no por el voto de los ciudadanos como dicen ellos, que no es más que un último trámite necesario, sino porque su partido les ha designado para ocupar un buen lugar en una lista, por motivos que en general no tienen absolutamente nada que ver con el mérito, la capacidad, el esfuerzo o el talento para trabajar, y sí con lealtades incuestionables, amistades, favores y maniobras poco claras.

Es proverbial la falta de transparencia y corrección de los partidos a la hora de confeccionar las listas de candidatos, el “menú  del día” que el ciudadano votante está obligado a consumir cuando acude a las urnas, donde le ofrecen el plato número 1, 2 ó 3, en el plan de “esto es lo que hay, y si no te gusta, ahí tienes la puerta” (el voto en blanco o la abstención).

Así que, señores políticos, un respeto, que los funcionarios hemos ganado nuestras plazas compitiendo duramente por ellas, y no precisamente para jubilarnos el día que tomamos posesión. Dejen de echar piedras en nuestro, su, propio tejado.

ANA MARÍA CASTILLO CLAVERO.  Presidenta de ADRO

Indignación 2.0

Como diría el amigo Fernando Tejero, “un poquito de por favor” en esto de la responsabilidad y el liderazgo.  Me da la sensación de que con tanto indignado luchando en la calle por los derechos de los trabajadores nos olvidamos de los que están en activo forjándose día a día como líderes de opinión y conocimiento. Concretamente, me refiero a algunos personajillos que encontramos en las redes sociales y que se pueden englobar dentro de la categoría de experts; categoría que, al paso que vamos, acabará incluyéndose en los nuevos planes de estudio y másteres del mundo.

Es curioso cómo las redes sociales han abierto un mundo nuevo a la creatividad, pero también al más descarado y vacío exhibicionismo. Aún así, debéis saber que el grueso de los directivos españoles desconoce o ignora que existen portales como Linked-In, Plaxo o Xing, y ni se plantean estar en twitter. Si os digo que la gran mayoría no sabe lo que es un hipervínculo, no ha leído en su vida un blog y desconoce que no es posible enviar un correo electrónico de 40 Mb, me podríais decir que no necesitan saber esas cosas para hacer bien su trabajo. Pero…, ¿de verdad no lo necesitan? Si la sociedad actual está exigiendo multidisciplinariedad y sobre-formación al trabajador de base, ¿por qué no podemos demandar algo de eso a los directivos que gobiernan las empresas?

La conclusión es que estamos involucionando (o sea, yendo hacia atrás). Hace 30 años eras electricista, contable, maestro o banquero. Y ya está. Tu jefe, ese que viajaba al extranjero y se traía las mejores ideas para aplicar en la empresa,  era tu referente y tu máxima autoridad, sabía infinitamente más que tú y jamás se equivocaba…, y nadie se cuestionaba esas cosas. Pero hoy día esto ha cambiado radicalmente. Vivimos una completa revolución de la generación de conocimiento, de la comunicación y la tecnología, pero ese mayor acceso a la información, lo único que parece haber producido es una omnipresencia de la tontuna. ¿Por qué? Porque no debemos olvidarnos de que la demagogia y el “copieteo” han existido toda la vida, y si se juntan, se valen de las TIC y se utilizan por los nuevos y osados gurús del conocimiento y la economía, el resultado es nefasto. Es como antaño, pero con televisión de LED y ADSL, y lo que antes era la plaza del barrio con el chismorreo habitual, vacío e intrascendente, ahora lo son las redes sociales a escala global.

Todo esto confirma que, en el fondo, los que se llevan el gato al agua son los que se venden mejor así mismos, y siempre ha sido así, y siempre lo será (sabiendo esto, cabe preguntarse por qué el “automarketing” no forma parte de los currículos escolares y universitarios para desarrollar tan importante “competencia transversal“). Es evidente que estos nuevos líderes no son conscientes de la responsabilidad que tienen en sus dedos tras darle al “enter”. La piedra queda tirada y no se puede recuperar, así es Internet.

Con todas estas migajas he acabado por elaborar (no sé  si en clave de humor o completamente en serio) una pequeña clasificación de esta especie de experts en alza, con ánimo de ayudaros a reconocerlos. Estoy segura de que identificareis a más de una persona de vuestro entorno:

Experto: Dícese de la persona que ha superado el grado de especialista y tiene al menos un máster. Además, tienen contactos influyentes y alguna vez han veraneado en barco. Su frases más comunes son “eso ya lo sabía” y “¿cómo has dicho que se escribía?” y “como me decía Fulano (un gurú) el otro día…”.

Los tipos son:

–          Experto 1 (en social media): he oído que hay un portal de relaciones profesionales que se llama liquidín, me voy a dar de alta ya (pero ya) y además estoy en Facebook…

  • Experto 2 (en NN.TT.): tengo un blog, un iPad y un iPhone.
  • Experto 3 (en lo que le echen): emprendedor y consultor. Apasionado de…
  • Experto 4 (en todo): soy Dios, tengo más de 1000 seguidores y no respondo a los mensajes ni retwitteo a nadie.
  • Experto 5 (en responsabilidad social): en mi empresa ya no usamos papel ni para enviar fax. El pdf es más sostenible y respetuoso con el medio ambiente (pero a mis empleados les pago míseramente).

Gurú: Dícese del grado máximo de peligrosidad de un experto. Persona que ha superado todo en la vida y ha visto personalmente a Dios (en cualquiera de sus religiones). Poseen una alta autoestima y se consideran líderes natos (probablemente tuvieron una infancia difícil). Su característica principal es que dicen que saben 4 idiomas, leen durante 25 horas al día y predijeron la crisis y se la callaron (para poder decir luego que “sabían que esto ocurriría”).

  •  Gurú 1 (en estadística): el porcentaje `x´ de empresas que utilizan `y´ consiguen mejores resultados.
  • Gurú 2 (en copiar): estudios demuestran que…
  • Gurú 3 (en calidad): tenemos que medir y analizar, ¡medir y analizar!
  • Gurú 4 (en inglés): llevo una vida activa “en la nube”, navego a diario por los `sites´ de mis partners y asisto a charlas online porque son cool; y por cierto, amo a Steve Jobs y practico el budismo hippie.
  • Gurú 5 –mi favorito: CEO, SEO, antropólogo y filósofo.

Así pues, concluyo que: un porcentaje elevado de los `expertos´ y `gurús´ que pululan en la red nunca ha trabajado por cuenta ajena ni ha sido empresario o profesional en algo útil (de hecho, probablemente lo que se dice trabajar, trabajar, no lo haya hecho jamás); además, tendrá buenos contactos sociales, políticos y familiares que le permitirán vivir a base de dar conferencias. Y seguro que habrá escrito al menos un libro de autoayuda lleno de obviedades y respuestas retóricas para ayudar a otros a ser tan tontos como él.

Ya veis, en la rentrée, y ya haciendo amigos…

Chus Moreno Montilla. Socia Vocal de Comunicación