Pasaportes digitales para productos y servicios que garanticen al consumidor una compra ética. ¿También a los consumidores pobres?

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Uno de los retos más importantes que enfrentamos a la hora de desarrollar una estrategia de Responsabilidad es la de visualizar la trazabilidad de nuestros productos o servicios a unos  clientes y consumidores finales cada vez más exigentes con la transparencia de nuestra gestión como operadores económicos y políticos . Así las cosas, las aplicaciones tecnológicas emergen como recursos eficaces para que los consumidores puedan verificar esta transparencia.

Este artículo “Blockchain: the solution for transparency in product supply chains“apunta a la oportunidad de implementar una suerte de “pasaporte digital” para los productos que compramos, esto es, una aplicación que permita al consumidor seguir  la cadena de valor del producto o servicio que adquiere.

En otras palabras se trata de facilitar al  consumidor  mediante la tecnología digital  la información sobre  el qué, el quiénes, el cómo y el dónde de la fabricación y comercialización de lo que compra.

Las decisiones de compra son decisiones éticas que convierten a los consumidores en “colaboradores necesarios” o en “colaboradores por necesidad” de las decisiones de un sistema económico injusto con las personas y con el planeta.

Su condición de colaborador “necesario” o “por necesidad” va a depender básicamente de la disponibilidad y acceso a la información veraz que tengan sobre el producto y de su nivel de renta.La certeza es que los consumidores pobres son claramente “colaboradores por necesidad” ya que tienen escasas o nulas posibilidades de decidir sobre su compra forzados como están  a adquirir aquello que, simplemente, se pueden permitir: productos de menor calidad y tradicionalmente con menores garantías sobre la transparencia de su procedencia.

Cuando la pobreza inclina la decisión de compra es ingenuo pensar que cambiar  pautas de consumo va a a depender solo de la información que quieran dar las empresas y  de la facilidad de acceso a la misma mediante  una aplicación tecnológica.

¿RSE o filatelia?

iloverseEn las últimas semanas he tenido ocasión de oír varias referencias a la necesidad de contar con un “sello” de responsabilidad social, sobre todo entre empresas que intentan entrar en el mercado público, y a las que, muchas veces de forma interesada y tendenciosa por parte de ciertos expertos, se les vende que para contratar con la Administración se les va a exigir poseer una acreditación de su RSE. Así que muchas de ellas se han pasado a la filatelia, esto es, a coleccionar sellos.

Supongo que muchos lectores ya conocerán mi opinión acerca de las certificaciones, ya sea en calidad, medio ambiente o cualquier otro tenor. La certificación, sin más, no implica nada si no va acompañada de una firme voluntad de insertar en la estrategia y en la gestión el objeto del certificado. Conozco bastantes empresas y organismos públicos y privados que cuentan con numerosas certificaciones en calidad, gestión medioambiental, trabajo digno y otras cuestiones pero que no han integrado en absoluto en su ADN aquello por lo que se han acreditado. En tales casos, el proceso de certificación y el sello son percibidos y usados por la propia organización como el letrero que anuncia el radar en la carretera, esto es, como elemento disuasorio o limitador de lo que sería su comportamiento natural, de forma que frena excesos que en su ausencia se producirían, pero sin cambiar las actitudes de fondo.

Por otra parte, los procesos de certificación obligan al establecimiento de numerosos procedimientos y reglamentaciones que ahogan la iniciativa, la creatividad y reducen la flexibilidad de la organización y su capacidad de dar respuestas originales a los nuevos problemas. La cantidad de burocracia y papeleo informático[i] que generan consumen un tiempo muy valioso, que podría destinarse a formular metas más ambiciosas y a trabajar más y mejor para conseguirlas.

En la inmensa mayoría de las organizaciones, ese trabajo extra es trasladado por los gestores al personal de base, que ve incrementada su carga de trabajo sin recibir nada a cambio. Y no pocas veces este tinglado se le vende al trabajador como un medio para que pueda canalizar sus iniciativas o quejas sobre la empresa, el trabajo y los jefes, cuando, por lo general, los formularios y listas de chequeo no admiten respuestas abiertas ni informaciones que no hubieran sido previamente codificadas.

La pregunta clave, entonces, es: ¿cuándo necesito un sello en RSE? La respuesta más honesta sería que nunca o casi nunca, y ello por varios motivos:

  • Primero, porque nuestra legislación excluye que se pueda establecer la certificación como exigencia; en todo caso, solo puede incorporarse como un elemento más que valorar en la propuesta, al igual que la calidad, el presupuesto o la existencia de un plan de igualdad en una pyme, por ejemplo.
  • Segundo, porque la RSE es una dimensión de la estrategia de la empresa, que debe formar parte integral de su modelo de negocio. Si la empresa se empeña en tener un sello, pero no empieza por creerse la RSE, desde su cúpula hacia abajo, y a practicarla en todas sus actividades y áreas de gestión, entonces la certificación es un engaño, una cortina de humo para ocultar lo que de verdad se es, resultando lo contrario de lo que pretende.
  • Tercero, porque la honestidad merece la pena y, siendo una apuesta de largo plazo, la RSE, a la larga, compensa mucho más que su falta.

Por eso, si la empresa incorpora la RSE honestamente y de forma integral a su negocio, es de esperar que la misma reputación que su buen hacer generará sea diseminada por sus trabajadores, clientes, proveedores, vecinos y demás stakeholders alcanzando una visibilidad y una credibilidad mucho mayores que las que provengan de un certificado.

En conclusión, lo mejor para cualquier empresa que quiera asegurar que su comportamiento es socialmente responsable es reelaborar su proyecto estratégico sobre dos pilares básicos: la excelencia y la RSE. Así no puede equivocarse.

 

[i] Véase el artículo anterior “¿Excelentólogos? No, gracias.

El timo del emprendimiento

No acabo de entender cómo hemos caído todos en la trampa de lo que se ha dado en llamar el nuevo paradigma del empleo: el emprendimiento, que viene a ser algo así como el “hágalo usted mismo” referido al futuro profesional en vez de al bricolaje.

A priori parece muy bonito eso de que todos seamos emprendedores. Estoy de acuerdo: todos debemos ser emprendedores, pero en cualquier actividad, y precisamente es en los ámbitos no empresariales, como la educación, los servicios sociales, el tercer sector o la Administración Pública, donde hacen falta más emprendedores, porque emprender es tener iniciativa y hacer cosas nuevas, es decir, innovar.  Pero la trampa está en que no todos podemos ser empresarios. Ese atajo que han tomado nuestras autoridades, desde la Comisión Europea hacia abajo, sean de izquierdas o de derechas, haciéndonos creer que emprendimiento y empresarialidad es lo mismo, es una verdadera tomadura de pelo. Y es lo que explica que, pese a que cada vez haya más nuevos proyectos empresariales, menos sobrevivan. Según el Global Entrepreneurship Monitor, solo el 8,7 % de los proyectos superan los tres años y medio de vida.

En mi opinión, el emprendimiento, tal y como está planteado, es un timo, que consiste en hacer creer a muchas personas que por el mero hecho de que se les ocurra una idea o tengan el valor de echarse al ruedo de los negocios, pueden ser empresarios con un cierto grado de éxito. A esto se une la paradoja de que no se exija ningún tipo de cualificación para ser empresario. Hemos sacralizado la iniciativa privada hasta tal punto que cualquiera, sin formación, sin experiencia, sin preparación técnica, sin capacidad de gestión, sin moral incluso, puede montar un negocio, contratar gente, adquirir suministros, pedir dinero a diestro y siniestro, y fracasar, defraudar o estafar a toda la sociedad. Así como todas las profesiones están reguladas de alguna forma, la profesión de empresario no tiene más exigencias que la capacidad legal que se adquiere con la mayoría de edad.

Incluso en el supuesto utópico de que todos los pequeños emprendedores sean competentes y honestos, ¿a qué nos llevaría esto? Creo que a una especie de gigantesco banco del tiempo donde cambiaríamos clases de inglés por tomates o composturas de ropa por cuidado de niños. Es decir, a una economía de trueque casi medieval donde intercambiaríamos productos y servicios de supervivencia, dada la inexistencia de un mercado suficiente para tantas microempresas, que además serían bastante ineficientes no solo por su mínimo tamaño sino porque no todos los emprendedores tendrían algo verdaderamente útil que vender. ¿Esa es la economía del conocimiento que va a sustituir al modelo del ladrillo?

Yo creo que a quien beneficia todo esto es a las grandes empresas. Esas que, en vez de contratar un trabajador bajo el amparo del derecho laboral, contratan a “un profesional” mediante un contrato mercantil que encubre a un falso autónomo (ese oxímoron llamado legalmente “autónomo dependiente”). Un profesional que se paga todos sus gastos, incluidos los seguros sociales, que asume todo su riesgo laboral y profesional, pero que de autonomía no tiene ninguna, ya que depende de la voluntad de la empresa grande para trabajar, quien lo mismo puede prescindir de él sin prácticamente coste alguno. Al Estado tampoco le viene mal, ya que las prestaciones que recibe un autónomo por las diversas contingencias son mucho menores que las de un asalariado.

En fin, se mire como se mire, un timo. Y una enorme irresponsabilidad para con toda la sociedad.

ANA MARÍA CASTILLO CLAVERO.

PRESIDENTA DE ADRO

Mediocridad, exigencia y responsabilidad social

En ocasiones he comentado con amigos y colegas el peligro de estar siendo invadidos por la mediocridad. Que haya mediocridad en sí mismo no es lo grave, ya que al fin y al cabo, no todo el mundo puede ser brillante y talentoso. Lo que me preocupa, y casi me atrevo a decir que es una de las causas de que se esté cuestionando la viabilidad  financiera de nuestro país, es que nos hayamos ido acostumbrando a aceptar la mediocridad como estándar de normalidad.

No quiero afirmar que algunas leyes de educación puedan tener la culpa, con eso del progresa adecuadamente y el necesita mejorar que, de alguna manera, expulsaron a la excelencia del currículo escolar y de los valores que cualquier futuro ciudadano necesita interiorizar y casi “tatuarse” en el alma si quiere ser alguien de provecho, como nos decían nuestros padres a los que ya tenemos una edad.

Pero en cierto modo es verdad que los españoles nos hemos vuelto tan tolerantes –en un sentido muy mal entendido de la tolerancia– que aceptamos las cosas cutres, inacabadas, chapuceras y hasta corruptas sin alterarnos, y el “bueno, vale” se ha convertido en la consigna generalizada que valida lo inaceptable. Da igual que sea el fontanero que viene a reparar un grifo a domicilio y te lo deja a medias, el político que defrauda tus expectativas o el hijo que trae suspensas varias asignaturas: nos conformamos sin apenas discusión, pagamos religiosamente, seguimos votándoles o incluso le damos un cariñito al chaval, no vaya a ser que se traumatice si lo castigamos.

Con eso, lo único que conseguimos es perpetuar la mediocridad, bajar el listón, poner el nivel por los suelos, y lo que es peor, convertir en bichos raros a los que son brillantes, que, de esa forma, en lugar de ser el referente al que los jóvenes desearían parecerse, son vistos como figuras más bien repelentes de las que huir, no sea que se les vaya a pegar algo. Por contra, con la inestimable ayuda de nuestra telebasura, hemos elevado a la categoría de mitos triunfadores a una pandilla de indocumentados y analfabetos funcionales que se están erigiendo en los únicos ídolos de una cierta generación.

Una sociedad que no es exigente, difícilmente será capaz de salir del estancamiento y de progresar. La educación en valores como el esfuerzo, el amor por el conocimiento o la integridad profesional no puede fiarse solo a la escuela y ni siquiera solo a las madres y padres. Tenemos que acostumbrarnos todos a ser exigentes, como clientes, como vecinos, como votantes, como militantes, como audiencia. Porque tiene que ser el conjunto de todos los integrantes del entorno social el que apueste y defienda ese tipo de valores y los exija en sus comportamientos cotidianos en todos los ámbitos.

Lo contrario, no es más que una tremenda falta de responsabilidad social, de la que todos somos culpables.

Ana M. Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO

¿Dirección responsable? ¿Por qué ahora?

Dirección responsable es una tribuna que tiene el propósito de hacer real y efectiva la responsabilidad social. No solo de las empresas, tan publicitada como mal entendida y, sobre todo, tan mal gestionada la mayoría de las veces, sino la responsabilidad de todos: de las administraciones públicas, de los políticos, de las ONG, de los consumidores, de los educadores y de los educandos, de la universidad y de las escuelas de negocios, de las instituciones internacionales, de las entidades financieras, de los medios de comunicación, de los ciudadanos, del vecino de al lado, y de cualquiera de nosotros.

Porque la responsabilidad social es social en dos sentidos: en el sentido de que concierne a problemas de la sociedad, a la que se ha de rendir cuentas, y en el sentido de que es una responsabilidad que, en muchos de sus campos, ha de ser compartida; así, es social porque es de todos, exigible a todos y exigible por todos, porque se refiere a problemas comunes dentro de un espacio concreto.

Si hoy queremos hablar de responsabilidad social en nuestro territorio, tendremos que hablar de aquello que preocupa a la población y discutir soluciones que permitan el reparto equilibrado de la carga del esfuerzo para elaborar soluciones satisfactorias. La responsabilidad social es de todos en el sentido de que hace falta consenso y esfuerzo compartido para construir un territorio y un futuro socialmente responsables.

Pero eso no significa que todos tengamos la misma cuota de responsabilidad en los problemas actuales. No podemos aceptar creer que la crisis financiera se ha debido a la inconsciencia de unos trabajadores que se han entrampado muy por encima de su capacidad objetiva de endeudamiento más que por la avidez e incompetencia profesional de unas entidades bancarias que, por un ánimo desmedido de lucro, han olvidado los más elementales principios de prudencia financiera en la valoración de los riesgos. Es evidente que todos hemos puesto algo en sentar los cimientos de la crisis, pero mientras unos han puesto un granito de arena, otros han plantado sillares tan grandes como los de las catedrales góticas.

La reflexión anterior nos reconduce al tema central de este comentario: la responsabilidad social es compartida, colectiva y común, pero tiene que ser liderada para poner en marcha los procesos de construcción de una sociedad más justa, ética y responsable. Los padres tienen más responsabilidad que los hijos, los maestros más que los alumnos, los directivos más que los trabajadores, las empresas más que los consumidores y los poderes públicos más que los ciudadanos de a pie.

Desde este espacio queremos ayudar a promover un concepto de la responsabilidad social comprensible, factible y aplicable por todos los que tenemos algún papel que cumplir en su desarrollo, pero fundamentalmente queremos recordarles a quienes ostentan mayores cotas de responsabilidad económica, profesional o política que su responsabilidad social es, al menos, igualmente importante: dirección responsable quiere ser, desde la modestia de su espacio, una escuela de liderazgo ético.

Ana María Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO