¿RSE o filatelia?

iloverseEn las últimas semanas he tenido ocasión de oír varias referencias a la necesidad de contar con un “sello” de responsabilidad social, sobre todo entre empresas que intentan entrar en el mercado público, y a las que, muchas veces de forma interesada y tendenciosa por parte de ciertos expertos, se les vende que para contratar con la Administración se les va a exigir poseer una acreditación de su RSE. Así que muchas de ellas se han pasado a la filatelia, esto es, a coleccionar sellos.

Supongo que muchos lectores ya conocerán mi opinión acerca de las certificaciones, ya sea en calidad, medio ambiente o cualquier otro tenor. La certificación, sin más, no implica nada si no va acompañada de una firme voluntad de insertar en la estrategia y en la gestión el objeto del certificado. Conozco bastantes empresas y organismos públicos y privados que cuentan con numerosas certificaciones en calidad, gestión medioambiental, trabajo digno y otras cuestiones pero que no han integrado en absoluto en su ADN aquello por lo que se han acreditado. En tales casos, el proceso de certificación y el sello son percibidos y usados por la propia organización como el letrero que anuncia el radar en la carretera, esto es, como elemento disuasorio o limitador de lo que sería su comportamiento natural, de forma que frena excesos que en su ausencia se producirían, pero sin cambiar las actitudes de fondo.

Por otra parte, los procesos de certificación obligan al establecimiento de numerosos procedimientos y reglamentaciones que ahogan la iniciativa, la creatividad y reducen la flexibilidad de la organización y su capacidad de dar respuestas originales a los nuevos problemas. La cantidad de burocracia y papeleo informático[i] que generan consumen un tiempo muy valioso, que podría destinarse a formular metas más ambiciosas y a trabajar más y mejor para conseguirlas.

En la inmensa mayoría de las organizaciones, ese trabajo extra es trasladado por los gestores al personal de base, que ve incrementada su carga de trabajo sin recibir nada a cambio. Y no pocas veces este tinglado se le vende al trabajador como un medio para que pueda canalizar sus iniciativas o quejas sobre la empresa, el trabajo y los jefes, cuando, por lo general, los formularios y listas de chequeo no admiten respuestas abiertas ni informaciones que no hubieran sido previamente codificadas.

La pregunta clave, entonces, es: ¿cuándo necesito un sello en RSE? La respuesta más honesta sería que nunca o casi nunca, y ello por varios motivos:

  • Primero, porque nuestra legislación excluye que se pueda establecer la certificación como exigencia; en todo caso, solo puede incorporarse como un elemento más que valorar en la propuesta, al igual que la calidad, el presupuesto o la existencia de un plan de igualdad en una pyme, por ejemplo.
  • Segundo, porque la RSE es una dimensión de la estrategia de la empresa, que debe formar parte integral de su modelo de negocio. Si la empresa se empeña en tener un sello, pero no empieza por creerse la RSE, desde su cúpula hacia abajo, y a practicarla en todas sus actividades y áreas de gestión, entonces la certificación es un engaño, una cortina de humo para ocultar lo que de verdad se es, resultando lo contrario de lo que pretende.
  • Tercero, porque la honestidad merece la pena y, siendo una apuesta de largo plazo, la RSE, a la larga, compensa mucho más que su falta.

Por eso, si la empresa incorpora la RSE honestamente y de forma integral a su negocio, es de esperar que la misma reputación que su buen hacer generará sea diseminada por sus trabajadores, clientes, proveedores, vecinos y demás stakeholders alcanzando una visibilidad y una credibilidad mucho mayores que las que provengan de un certificado.

En conclusión, lo mejor para cualquier empresa que quiera asegurar que su comportamiento es socialmente responsable es reelaborar su proyecto estratégico sobre dos pilares básicos: la excelencia y la RSE. Así no puede equivocarse.

 

[i] Véase el artículo anterior “¿Excelentólogos? No, gracias.

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