El timo del emprendimiento

No acabo de entender cómo hemos caído todos en la trampa de lo que se ha dado en llamar el nuevo paradigma del empleo: el emprendimiento, que viene a ser algo así como el “hágalo usted mismo” referido al futuro profesional en vez de al bricolaje.

A priori parece muy bonito eso de que todos seamos emprendedores. Estoy de acuerdo: todos debemos ser emprendedores, pero en cualquier actividad, y precisamente es en los ámbitos no empresariales, como la educación, los servicios sociales, el tercer sector o la Administración Pública, donde hacen falta más emprendedores, porque emprender es tener iniciativa y hacer cosas nuevas, es decir, innovar.  Pero la trampa está en que no todos podemos ser empresarios. Ese atajo que han tomado nuestras autoridades, desde la Comisión Europea hacia abajo, sean de izquierdas o de derechas, haciéndonos creer que emprendimiento y empresarialidad es lo mismo, es una verdadera tomadura de pelo. Y es lo que explica que, pese a que cada vez haya más nuevos proyectos empresariales, menos sobrevivan. Según el Global Entrepreneurship Monitor, solo el 8,7 % de los proyectos superan los tres años y medio de vida.

En mi opinión, el emprendimiento, tal y como está planteado, es un timo, que consiste en hacer creer a muchas personas que por el mero hecho de que se les ocurra una idea o tengan el valor de echarse al ruedo de los negocios, pueden ser empresarios con un cierto grado de éxito. A esto se une la paradoja de que no se exija ningún tipo de cualificación para ser empresario. Hemos sacralizado la iniciativa privada hasta tal punto que cualquiera, sin formación, sin experiencia, sin preparación técnica, sin capacidad de gestión, sin moral incluso, puede montar un negocio, contratar gente, adquirir suministros, pedir dinero a diestro y siniestro, y fracasar, defraudar o estafar a toda la sociedad. Así como todas las profesiones están reguladas de alguna forma, la profesión de empresario no tiene más exigencias que la capacidad legal que se adquiere con la mayoría de edad.

Incluso en el supuesto utópico de que todos los pequeños emprendedores sean competentes y honestos, ¿a qué nos llevaría esto? Creo que a una especie de gigantesco banco del tiempo donde cambiaríamos clases de inglés por tomates o composturas de ropa por cuidado de niños. Es decir, a una economía de trueque casi medieval donde intercambiaríamos productos y servicios de supervivencia, dada la inexistencia de un mercado suficiente para tantas microempresas, que además serían bastante ineficientes no solo por su mínimo tamaño sino porque no todos los emprendedores tendrían algo verdaderamente útil que vender. ¿Esa es la economía del conocimiento que va a sustituir al modelo del ladrillo?

Yo creo que a quien beneficia todo esto es a las grandes empresas. Esas que, en vez de contratar un trabajador bajo el amparo del derecho laboral, contratan a “un profesional” mediante un contrato mercantil que encubre a un falso autónomo (ese oxímoron llamado legalmente “autónomo dependiente”). Un profesional que se paga todos sus gastos, incluidos los seguros sociales, que asume todo su riesgo laboral y profesional, pero que de autonomía no tiene ninguna, ya que depende de la voluntad de la empresa grande para trabajar, quien lo mismo puede prescindir de él sin prácticamente coste alguno. Al Estado tampoco le viene mal, ya que las prestaciones que recibe un autónomo por las diversas contingencias son mucho menores que las de un asalariado.

En fin, se mire como se mire, un timo. Y una enorme irresponsabilidad para con toda la sociedad.

ANA MARÍA CASTILLO CLAVERO.

PRESIDENTA DE ADRO

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