Los charlatanes han secuestrado a la RSC

Estaba por titular esta entrada con el interrogante “¿La RSC ha muerto o solo  está desaparecida en combate?”, pero al final he decido adelantar la conclusión a la que me gustaría conducirles.

Aunque muchos dicen que la RSE goza de su mejor momento, y es cierto que esa etiqueta nunca ha tenido la visibilidad que ahora posee, yo creo que la fama está ahogando al personaje. De hecho, parece que a la mayoría de “interesados” en la RSE (empresas, expertos, consultores, políticos, medios de comunicación) lo único que de verdad les interesa es monopolizar la marca RSC, pero no tanto practicarla.

¿Quién tiene la culpa de esto que está pasando? Yo encuentro varios culpables. En primer lugar, las propias empresas, sobre todo las grandes, que conciben la RSC como una herramienta de relaciones públicas, y que no han pasado de esa etapa inicial en la que asumirla no tiene más finalidad que el maquillaje social, el “puro teatro” como diría La Lupe. A veces, cuando hojeo memorias de sostenibilidad de corporaciones o entidades financieras, me asalta la idea de que podrían acudir al Planeta a concursar como obras de ficción ¡y ganar!

Por poner un ejemplo, ¿es que alguien puede creer que una empresa que ha sido multada por pactar con sus competidores subidas de tarifas, o el mantenimiento artificialmente alto de sus precios,  o que posee fondos de inversión ocultos en paraísos fiscales, o que paga tarde y mal a sus proveedores, o que desatiende a sus clientes, realmente está comprometida con la RSE y la tiene integrada en su modelo de negocio? Esas empresas, que tienen fundaciones y presuntos proyectos sociales, que se lavan la cara a base de financiar cátedras y seminarios en las universidades,  que rentabilizan los intereses que tienen en los medios de comunicación, ni a cumplir las leyes llegan,  y ese, no lo olvidemos, es el límite mínimo de la RSC.

Otros cómplices necesarios de este tinglado son los mensajeros de la cuestión. Toda esa caterva de periodistas, expertos en marketing, relaciones públicas, publicistas y gurúes varios que creen que basta comunicar bien para tener algo que decir. Esos “todólogos” que presuponen que un bonito envoltorio hace al regalo y que creen que transparencia es sinónimo de bla-bla-bla. Creo que va siendo hora de que entendamos que primero hay que hacer y luego ya veremos la forma más adecuada de reportarlo. No por mucho comunicar se actúa con mayor RSC.

El tercer equipo en juego son los expertos, o experpentos, como sugiere un lector: consultores, asesores, técnicos, evaluadores, e incluso académicos, que están haciendo con la RSE lo mismo que antes hicieron con la calidad: ahogarla con normas, documentos, reglas, reducirla a burocracia, indicadores, estadísticas e informes. Esos que se han montado un tinglado para vivir a costa de los crédulos a los que han convencido de que lo que no se mide y se cuadricula no se puede gestionar.  ¡Mentira! Para mejorar cualquier cosa lo importante es la voluntad de hacer las cosas bien y la visión del adónde se quiere llegar. Olvidan, porque lo ignoran, que el mejor motivador y el que más influye en el comportamiento de las personas no es la normalización y tipificación de tareas y resultados, sino el compromiso normativo, el que las personas y las propias organizaciones “se crean” lo que hacen y compartan los valores en los que fundamentan su trabajo. Estos engañabobos además son un peligro para la RSE, porque hacen que muchas pymes, que es donde hoy día reside en buena parte la verdadera RSE,  se sientan incapaces de asumir su gestión de forma sistemática ante el coste y el esfuerzo que podría suponerles implantar todos esos innecesarios sistemas de evaluación y gestión.

En cuarto lugar, tenemos a nuestros amigos los políticos. Los que promueven pactos y alianzas por la RSC, crean consejos consultivos y (hasta ahora) han financiado campañas de sensibilización, eventos y actos propagandísticos de difusión. Se les llena la boca hablando de RSC pero se olvidan de aplicarla en casa, tanto en el seno de los partidos, donde medran los más mediocres y rastreros en perjuicio de la gente con talento y compromiso, como cuando gobiernan, en la propia Administración, que no es precisamente un ejemplo de excelencia y sí muchas veces de mediocridad, dejadez y corrupción.

Por último, y en quinto lugar, estamos todos: los ciudadanos, los consumidores, que no castigamos las malas prácticas, que no denunciamos, que no exigimos ética, honestidad, compromiso y buen hacer, que por ahorrarnos unos céntimos cerramos los ojos y compramos lo más barato, a sabiendas de que probablemente esté fabricado muy lejos por una pobre criatura sobreexplotada sin garantías ni derechos laborales.

Es hora de dejar de hablar y de empezar  a actuar.

Ana María Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO

¿Es que queremos volver al ladrillo?

Acabo de leer una noticia que me ha dejado estupefacta: unos alumnos de un instituto de Almería se quedan sin ir a un certamen mundial de robótica en el que han quedado finalistas por falta de fondos para financiar el viaje.

Es comprensible que el instituto, sus padres o el ayuntamiento de su pueblo no puedan subvenir este gasto. Pero, ¿donde están todas esas empresas y fundaciones que se gastan millones en poner su logo en la pechera de futbolistas de elite? ¿Dónde está ese Estado (me da igual que hablemos de Administración central o autonómica) que decía que apostaba por la economía basada en el conocimiento? ¿Dónde están todas esas ONG e iniciativas sociales que promueven proyectos de micromecenazgo?

¿No las conocen en ese pueblo? ¿No les interesan unos chavales que han desarrollado un sistema que permite detectar en qué punto se ha roto la cadena de frío de un alimento (el reto del concurso anual era  la seguridad alimentaria)?

La Universidad de Almería, la ex-caja de ahorros regional o los business angels (si es que, como todos los demás ángeles, existen realmente), ¿no estarían interesados en promover una joint venture con esta gente? Universia, el Santander,  Telefónica, Indra, Abengoa, Mercadona, o cualquier otra empresa del IBEX35, ¿no ven el filón que puede ser apoyar a jóvenes creadores y emprendedores como estos?

A todos esos directivos, consultores y demás gurúes de la cosa empresarial que se les llena la boca hablando del “activo más importante”, de la necesidad de “identificar y retener el talento”, de la exigencia de “innovar para lograr la excelencia”, ¿no se les alcanza que precisamente en jóvenes como estos está todo eso por lo que presuntamente claman en el desierto?

Si de verdad son todos tan ciegos, no solo hay una falta absoluta de responsabilidad hacia el futuro en este país, es que además no tiene arreglo ni lo tendrá por mucho tiempo. No me extrañaría que estos chavales acaben trabajando como investigadores en el extranjero, y entonces, habrá quienes se lamenten, pero ya será tarde.

ANA MARÍA CASTILLO CLAVERO

Presidenta de ADRO