Mediocridad, exigencia y responsabilidad social

En ocasiones he comentado con amigos y colegas el peligro de estar siendo invadidos por la mediocridad. Que haya mediocridad en sí mismo no es lo grave, ya que al fin y al cabo, no todo el mundo puede ser brillante y talentoso. Lo que me preocupa, y casi me atrevo a decir que es una de las causas de que se esté cuestionando la viabilidad  financiera de nuestro país, es que nos hayamos ido acostumbrando a aceptar la mediocridad como estándar de normalidad.

No quiero afirmar que algunas leyes de educación puedan tener la culpa, con eso del progresa adecuadamente y el necesita mejorar que, de alguna manera, expulsaron a la excelencia del currículo escolar y de los valores que cualquier futuro ciudadano necesita interiorizar y casi “tatuarse” en el alma si quiere ser alguien de provecho, como nos decían nuestros padres a los que ya tenemos una edad.

Pero en cierto modo es verdad que los españoles nos hemos vuelto tan tolerantes –en un sentido muy mal entendido de la tolerancia– que aceptamos las cosas cutres, inacabadas, chapuceras y hasta corruptas sin alterarnos, y el “bueno, vale” se ha convertido en la consigna generalizada que valida lo inaceptable. Da igual que sea el fontanero que viene a reparar un grifo a domicilio y te lo deja a medias, el político que defrauda tus expectativas o el hijo que trae suspensas varias asignaturas: nos conformamos sin apenas discusión, pagamos religiosamente, seguimos votándoles o incluso le damos un cariñito al chaval, no vaya a ser que se traumatice si lo castigamos.

Con eso, lo único que conseguimos es perpetuar la mediocridad, bajar el listón, poner el nivel por los suelos, y lo que es peor, convertir en bichos raros a los que son brillantes, que, de esa forma, en lugar de ser el referente al que los jóvenes desearían parecerse, son vistos como figuras más bien repelentes de las que huir, no sea que se les vaya a pegar algo. Por contra, con la inestimable ayuda de nuestra telebasura, hemos elevado a la categoría de mitos triunfadores a una pandilla de indocumentados y analfabetos funcionales que se están erigiendo en los únicos ídolos de una cierta generación.

Una sociedad que no es exigente, difícilmente será capaz de salir del estancamiento y de progresar. La educación en valores como el esfuerzo, el amor por el conocimiento o la integridad profesional no puede fiarse solo a la escuela y ni siquiera solo a las madres y padres. Tenemos que acostumbrarnos todos a ser exigentes, como clientes, como vecinos, como votantes, como militantes, como audiencia. Porque tiene que ser el conjunto de todos los integrantes del entorno social el que apueste y defienda ese tipo de valores y los exija en sus comportamientos cotidianos en todos los ámbitos.

Lo contrario, no es más que una tremenda falta de responsabilidad social, de la que todos somos culpables.

Ana M. Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO

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¿Dirección responsable? ¿Por qué ahora?

Dirección responsable es una tribuna que tiene el propósito de hacer real y efectiva la responsabilidad social. No solo de las empresas, tan publicitada como mal entendida y, sobre todo, tan mal gestionada la mayoría de las veces, sino la responsabilidad de todos: de las administraciones públicas, de los políticos, de las ONG, de los consumidores, de los educadores y de los educandos, de la universidad y de las escuelas de negocios, de las instituciones internacionales, de las entidades financieras, de los medios de comunicación, de los ciudadanos, del vecino de al lado, y de cualquiera de nosotros.

Porque la responsabilidad social es social en dos sentidos: en el sentido de que concierne a problemas de la sociedad, a la que se ha de rendir cuentas, y en el sentido de que es una responsabilidad que, en muchos de sus campos, ha de ser compartida; así, es social porque es de todos, exigible a todos y exigible por todos, porque se refiere a problemas comunes dentro de un espacio concreto.

Si hoy queremos hablar de responsabilidad social en nuestro territorio, tendremos que hablar de aquello que preocupa a la población y discutir soluciones que permitan el reparto equilibrado de la carga del esfuerzo para elaborar soluciones satisfactorias. La responsabilidad social es de todos en el sentido de que hace falta consenso y esfuerzo compartido para construir un territorio y un futuro socialmente responsables.

Pero eso no significa que todos tengamos la misma cuota de responsabilidad en los problemas actuales. No podemos aceptar creer que la crisis financiera se ha debido a la inconsciencia de unos trabajadores que se han entrampado muy por encima de su capacidad objetiva de endeudamiento más que por la avidez e incompetencia profesional de unas entidades bancarias que, por un ánimo desmedido de lucro, han olvidado los más elementales principios de prudencia financiera en la valoración de los riesgos. Es evidente que todos hemos puesto algo en sentar los cimientos de la crisis, pero mientras unos han puesto un granito de arena, otros han plantado sillares tan grandes como los de las catedrales góticas.

La reflexión anterior nos reconduce al tema central de este comentario: la responsabilidad social es compartida, colectiva y común, pero tiene que ser liderada para poner en marcha los procesos de construcción de una sociedad más justa, ética y responsable. Los padres tienen más responsabilidad que los hijos, los maestros más que los alumnos, los directivos más que los trabajadores, las empresas más que los consumidores y los poderes públicos más que los ciudadanos de a pie.

Desde este espacio queremos ayudar a promover un concepto de la responsabilidad social comprensible, factible y aplicable por todos los que tenemos algún papel que cumplir en su desarrollo, pero fundamentalmente queremos recordarles a quienes ostentan mayores cotas de responsabilidad económica, profesional o política que su responsabilidad social es, al menos, igualmente importante: dirección responsable quiere ser, desde la modestia de su espacio, una escuela de liderazgo ético.

Ana María Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO